La Isla Mocha, para sus habitantes la consideran como un santuario de vida, un refugio para nuestra alma y un tesoro para los isleños (Tiare Varela). Que pasaba hace tres cuartos de siglo en dicha isla.
Diario La Patria publicaba un 17 de noviembre de 1951 en su editorial la preocupación que se vivía en ese entonces, titulada:
EN LA ISLA MOCHA
En La Mocha, situada a treinta o más millas de la costa, frente a Cañete, ha aparecido una epidemia aún desconocida, según las informaciones de nuestra edición de ayer, en las que se dice que las autoridades de la isla, a través de la radio de la Armada Nacional, hicieron el denuncio respectivo a la jefatura Sanitaria Provincial,
Extraña es la suerte de esta isla, alejada del continente, con el cual tiene vagos y tardíos contactos, pero que contribuye abundantemente a resolver nuestras necesidades de productos agropecuarios. Menor es el mal hoy, que el de algunos años pasados, pues en los últimos tiempos se ha restablecido la escuela, en la que reciben educación numerosos niños, que de otra manera crecerían y vivirían privados de tan importante servicio del Estado. y, además, se han creado, y están en plena actividad, las plazas de practicante y de matrona.
A todo esto, debe agregarse un progreso mucho más evidente: el Club Aéreo de Concepción realiza frecuentes vuelos a la isla, tiene a sus pilotos y a sus máquinas al servicio de las necesidades extraordinarias de los habitantes.
Desde que el piloto civil señor Blackburn del Club Aéreo de Traiguén hizo su primer viaje, alrededor de dos años atrás, ha quedado abierta esta ruta que significa para los isleños un progreso enorme, porque en cuanto se refiere a cosas de urgencia y de gravedad, disponen de este nuevo y rápido enlace con el continente.
Pero en diversos aspectos sigue el abandono, el desconocimiento de los derechos de los pobladores de La Mocha, donde los ciudadanos- no tienen la calidad de tales, pues se hallan al margen de las disposiciones legales que conceden derecho a inscribirse en los registros electorales y participar en los grandes torneos de la opinión pública destinados a la elección de los gobernantes de la nación, de las provincias y de las comunas.
Esto es absurdo, injusto, y debe terminar.
Alguien debe tomar en sus manos la tarea de incorporar a los habitantes de la isla en todos los derechos propios de la ciudadanía.
Al hallarse privados de los atributos y facultades que la constitución garantiza para todos los hijos del país, es de imaginar cómo estarán olvidados en cien otros aspectos, que no les permiten desenvolverse con la plenitud de posibilidades que podrían trazarse en los fértiles suelos de la isla.
Allí no existen negocios, no hay créditos para producir, son escasas las maquinarias agrícolas no hay un muelle, ni siquiera mediano, para el embarque de los animales, el que se hace en las condiciones más primitivas y difíciles.
Imperan, sí, las leyes restrictivas, como la de la prohibición alcohólica, en una isla de clima duro, de fuertes vientos helados en invierno, que obligan a los hombres a una vida áspera.
Sin embargo, en ninguna parte podría hacerse, con mayor facilidad, el control de las bebidas alcohólicas, las que solo pueden llegar por la vía del mar, en los barcos que tardíamente -pasan orillando sus costas, y algunas veces deteniéndose en su único puerto.
Pero lo que es más inverosímil, lo que ya no tiene explicación, e indica un error intolerable de nuestra división administrativa, es el hecho de que la isla La Mocha, que guarda contacto con el puerto de Talcahuano, principalmente, y más débil, con los del golfo de Arauco, pertenezca, geográficamente, a la comuna de Contulmo.
Es decir que, para un asunto judicial, o de registro civil, o de notaría, o de parecida naturaleza, el habitante de la isla debe trasladarse a Talcahuano, tomar el tren que conduce a Los Sauces, pasar al ramal de Purén, atravesar el macizo de Nahuelbuta, y llegar así a Contulmo. para unos efectos, a Cañete, para otros, a una distancia de otros cuarenta o cincuenta kilómetros.
Sólo la paciencia resignada de los isleños hace posible que se prolongue, que se perpetue, través de los años, una situación igual, insoportable, que no debiera mantenerse por un día más.
Se ha hablado, más de una vez, de la conveniencia de anexar la isla a Talcahuano, idea muy acertada, que será aceptada sin resistencia, pero que no hay quien le de forma y la lleve al Congreso Nacional para convertirla en ley de la República.
La extraña enfermedad que ahora ha aparecido entre sus habitantes isleños, la hace surgir de su anonimato, y aparecer entre los asuntos de actualidad que ocupan Ias páginas de los diarios.
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