Este artículo tiene por objeto abordar el tema de los incendios forestales desde una perspectiva ética y territorial, con la expectativa de contribuir a generar conciencia y avanzar hacia una comprensión responsable y crítica de este grave flagelo.
UNA TRAGEDIA QUE NO ADMITE DISTANCIA
Este año, el fuego dejó de ser una amenaza abstracta hace ya dos años, cuando el megaincendio de febrero de 2024 en la Región de Valparaíso dejó una de las tragedias más graves del país. En la comuna de Penco, esa advertencia volvió a materializarse de manera dolorosa: una villa completa fue destruida por los incendios forestales. De acuerdo con antecedentes disponibles, el total de personas fallecidas a nivel país alcanza alrededor de veinte, de las cuales catorce perdieron la vida en Penco. Casas reducidas a cenizas, familias desplazadas, comunidades fracturadas y vidas humanas truncadas de manera irreversible. No se trata de cifras ni de una tragedia lejana: es una herida abierta en el territorio que compartimos.
LA VIDA Y EL TERRITORIO NO SE SEPARAN
Desde el mundo mapuche, estos hechos se observan desde un marco cultural que no separa la vida humana del territorio ni distingue entre quienes lo habitan. El fuego arrasó con hogares y personas mapuche y no mapuche por igual, recordándonos de la forma más dura que cuando el territorio se vuelve vulnerable, la muerte no discrimina identidades.
UN COMPROMISO CON QUIENES HABITAN EL TERRITORIO
Nuestra relación con la tierra se sostiene sobre una base cultural forjada en siglos de convivencia con la naturaleza, donde el cuidado del entorno siempre ha ido de la mano con el cuidado de las personas. Desde ese lugar, la voz mapuche que hoy se expresa no lo hace solo en nombre propio, sino desde un compromiso explícito con todas las personas que habitan este territorio, sin distinción de origen, historia o pertenencia cultural.
MONOCULTIVOS Y UN RIESGO QUE YA ES REAL
Hoy, los monocultivos forestales forman parte de la realidad territorial. Negarlo no protege vidas ni previene incendios. Sin embargo, reconocer su existencia no implica callar frente a sus efectos. La matriz cultural mapuche advierte que la homogeneización del paisaje, la acumulación de material altamente inflamable y la proximidad entre plantaciones y zonas habitadas han creado condiciones de alto riesgo para comunidades humanas completas.
Lo ocurrido en Penco lo confirma con una crudeza que no admite relativizaciones: cuando el territorio se vuelve frágil, las primeras víctimas son las personas.
EL FUEGO COMO LÍMITE ÉTICO
Desde una ética mapuche, exponer a la población a un riesgo de esta magnitud constituye un límite que no puede cruzarse. La experiencia histórica ha enseñado que el peligro debe enfrentarse de manera colectiva, conversada y responsable. El incendio forestal, por su carácter incontrolable, rompe con esa lógica y pone en riesgo la vida de todos quienes habitan el territorio, sin excepción.
NINGUNA CAUSA SOBRE LA PÉRDIDA DE VIDAS HUMANAS
Decir esto no implica renunciar a la crítica ni a la defensa de la tierra. Al contrario. Desde un fundamento cultural profundo, se afirma con claridad que ninguna causa, por legítima que se declare, puede sostenerse sobre la pérdida de vidas humanas. Defender el territorio no puede significar sacrificar a quienes lo viven, lo trabajan y lo habitan día a día.
UN CÓDIGO QUE NO SE TRANSGREDE
Desde el código cultural mapuche, el cuidado de la vida es un principio intransable. El fuego que destruye hogares y cobra vidas humanas no puede ser entendido como un medio legítimo, porque niega la continuidad del territorio y daña de forma irreversible el itrofill mogen, del cual dependemos todas y todos.
UN IMPERATIVO ÉTICO QUE NO PUEDE SER SOSLAYADO
La destrucción de una villa completa y la muerte de alrededor de veinte personas en Penco marcan un punto de no retorno. Estos hechos configuran un imperativo ético que no puede ser soslayado. Guardar silencio o relativizar el daño sería una forma de renuncia a la responsabilidad colectiva.
CUIDAR LA VIDA COMO TAREA COMPARTIDA
Frente a esta evidencia dramática, el pueblo mapuche reafirma una posición activa y comprometida con la prevención de los incendios forestales, con el cuidado del territorio y con la protección de la vida de todas las personas que lo habitan, mapuche y no mapuche.
Hoy, más que nunca, evitar que el territorio vuelva a arder con personas dentro no es solo una tarea técnica ni una disputa política. Es una exigencia ética ineludible, que nos interpela como habitantes de un mismo lugar y como responsables del futuro que estamos construyendo.
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