Sin duda habrán muchos profesores y sus alumnos que se sentirán muy identificado con la enseñanza rural como la que describe Ricardo Altamirano; que como lo anunciamos, nos permite publicar su poema con el que obtuvo un importante galardón a nivel nacional: Primer Lugar de Concurso "Historias de Nuestra Tierra", cuentos y poemas del mundo rural 2016 - FUCOA.
Yo fui Profesor Rural
por El Queñe, allá en Curepto,
debo decir al respecto
como balance final,
no lo hice nada de mal
en ese duro trabajo,
estuve pelando el ajo
casi dos años seguidos,
de esos tiempos no me olvido
ni reniego por lo bajo.
Debo contarles primero
que fui "Maestro Ciruela",
hice de todo en la Escuela,
fui Director, cocinero,
auxiliar y hasta enfermero,
enseñaba el silabario,
celebraba aniversarios
de la historia con sus fiestas,
también las sumas y restas
eran mi trabajo diario.
Con mis alumnos salía
a hacer largas excursiones,
repasábamos lecciones
que en la sala se aprendían
y en grupos se competía
sin trampas y sin rencillas
haciendo listas sencillas
de árboles y matorrales,
también aves y animales,
plantas, hojas y semillas.
La Escuela era una casona
de adobes y pastelones,
se paseaban los ratones
corriendo, haciendo maromas
y lo que digo no es broma
para rematar el cuento,
había pulgas por cientos
que picaban noche y día
con saña y alevosía,
era terrible el tormento.
Sin baño ni agua corriente,
sin luz, con pocas ventanas,
fue tarea de semanas
dejarla decentemente,
trabajando duramente,
sacando mugre a montones,
limpiando bien los rincones,
tapando los agujeros
y haciendo de carpintero
arreglé hasta los portones.
El pueblo estaba cercano,
caminos casi no había
así que todos los días,
en invierno o en verano,
a levantarse temprano
y ponerse a caminar,
con gran cuidado avanzar
para cruzar un estero
o atravesar los potreros,
la cuestión era llegar.
No faltaba el buen vecino
que un caballo me prestaba
de este modo se alegraba
y se acortaba el camino
llegando pronto a destino
y corriendo como cuete
alardeaba de jinete,
llegaba al pueblo volando
y no lo estoy inventando,
me ponían nota siete.
Aprendí a cazar conejos
con trampas originales,
a distinguir los zorzales
y tórtolas desde lejos
y escuché sabios consejos
de los viejos campesinos,
esos chispeantes, ladinos,
al lado de un buen fogón
en grata conversación
y compartiendo un buen vino.
Siempre las tengo presente
y a mi memoria aferradas
historias nunca olvidadas.
Amigable era la gente,
solidaria y diligente,
de palabras verdaderas,
generosas y sinceras
que ayudaron a salir
de apuros y no sentir
la soledad traicionera.
Si no fue color de rosas,
el recuerdo es el mejor.
Aún conservo el sabor
de situaciones hermosas.
Allí aprendí muchas cosas
que atesoré y he guardado,
aunque el tiempo haya pasado
de nada yo me arrepiento,
es verdad, ciento por ciento
todo lo que he relatado.