Columna motivada por el reciente fallecimiento de Camilo Escalona, que no pretende constituirse en una semblanza de su trayectoria, sino en un punto de partida para reflexionar acerca de un valor que es necesario recuperar y fortalecer en la actividad política: la consecuencia.
Desde hace un tiempo no tengo una participación activa en la vida partidaria. Eso, sin embargo, no significa que la política haya dejado de interesarme; todo lo contrario. Continúo observándola con atención, porque entiendo que constituye una dimensión fundamental de la vida en sociedad y que, finalmente, las decisiones que allí se adoptan terminan influyendo, de una u otra manera, en la vida de todos.
En esa condición, no tuve ninguna relación personal con Camilo Escalona. Su partida, sin embargo, me inspira a decir algo.
En este último tiempo, cuando la política chilena no siempre ha estado a la altura de las circunstancias y cuando la ciudadanía observa con creciente distancia el comportamiento de quienes ejercen responsabilidades públicas, su fallecimiento invita a reflexionar sobre un valor que me parece necesario recuperar: la consecuencia.
Camilo Escalona fue un político de toda la vida. Desde muy joven hizo de la actividad política una parte sustantiva de su existencia. Se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con sus ideas, sus posiciones y muchas de sus decisiones —como corresponde en una sociedad democrática—, pero hay un aspecto de su trayectoria que merece ser reconocido: hizo de la política una vocación de vida y de servicio, y no simplemente un instrumento para servirse de ella.
La distinción no es menor.
La política entrega espacios de representación, influencia y poder. Precisamente por ello, quienes acceden a esos espacios tienen una responsabilidad que va más allá del cumplimiento de las normas. Existe también una exigencia ética: que haya una razonable correspondencia entre aquello que se proclama, las convicciones que se defienden y la manera en que se ejerce la función pública.
Eso es, a mi entender, la consecuencia.
Y quizás sea precisamente esa cualidad la que explica que, al momento de su partida, personas provenientes de distintos sectores políticos hayan concurrido a rendir homenaje a Camilo Escalona. Cuando quienes durante años estuvieron en posiciones diferentes, e incluso fueron adversarios, dejan momentáneamente de lado esas diferencias para reconocer una trayectoria, se está expresando algo que trasciende las fronteras partidarias.
Algo semejante ocurrió con Gladys Marín, a quien sí tuve la oportunidad de conocer y en quien admiré, precisamente, su consecuencia. No se requiere haber compartido todas sus ideas para reconocer el valor de una trayectoria marcada por la coherencia entre las convicciones sostenidas y la forma de vivirlas. En ambos casos encuentro una dimensión de la política que considero particularmente valiosa: la consecuencia entre aquello que se piensa, lo que se proclama y la vida que finalmente se lleva.
Tal vez allí exista una enseñanza especialmente necesaria para nuestro tiempo.
La democracia, por su propia naturaleza, supone diferencias. No sería democracia si todos pensáramos igual. Necesitamos distintas visiones de sociedad, discusión, controversia y legítima competencia por representar a la ciudadanía. Pero esas diferencias no debieran impedir que exista un conjunto de valores capaces de ser reconocidos transversalmente: la consecuencia, la vocación de servicio, la honestidad, el respeto por el adversario y, sobre todo, el respeto por la confianza que los ciudadanos depositan mediante su voto.
La política pierde dignidad cuando se transforma solamente en un medio para alcanzar posiciones, beneficios u oportunidades personales. Por el contrario, recupera su verdadero sentido cuando quienes la ejercen comprenden que el poder recibido es transitorio y que pertenece, en último término, a quienes les otorgaron su confianza.
Por eso, sin haber tenido relación personal alguna con Camilo Escalona, adhiero al dolor de su familia, de sus compañeros de partido y de todos aquellos ciudadanos que alguna vez depositaron en él su confianza y su voto.
Su partida me lleva a pensar que quizás uno de los desafíos de nuestra democracia sea precisamente recuperar y poner en valor la consecuencia como una virtud pública.
Una democracia no necesita que pensemos todos igual. Necesita algo mucho más importante: que, aun pensando distinto, podamos reconocer en quien está al frente a una persona consecuente con sus convicciones, respetuosa de la confianza recibida y digna del reconocimiento incluso de sus adversarios.
Cuando eso ocurre, la política también se dignifica.
Que descanse en paz Camilo Escalona.
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