Desiderio nos comparte una columna que nace de la preocupación que suscitan los acontecimientos recientes en Medio Oriente y de una reflexión sobre el papel que puede tener la inteligencia humana para abrir caminos de paz.
El texto toma como referencia el episodio de las negociaciones de Camp David en 1978 y la mediación de Jimmy Carter entre Anwar Sadat y Menachem Begin, como una forma de recordar que la historia también ofrece ejemplos en que la paciencia, la empatía y la inteligencia política lograron evitar que los conflictos derivaran en nuevas guerras.
COLUMNA:
LA INTELIGENCIA FRENTE A LA GUERRA
Ante la violencia que golpea a los más indefensos, la historia de Camp David recuerda que la inteligencia humana no está hecha para destruir al adversario, sino para hacer posible la paz.
Frente a los acontecimientos del Medio Oriente no puedo callar. La conciencia interpela, y el silencio deja de ser posible.
Hace unos días escribí que la inteligencia construye puentes y la guerra los derriba; que allí donde comienza la violencia la razón ha sido silenciada. Hoy esa reflexión vuelve con más fuerza.
Hay momentos en que el silencio deja de ser una opción.
Cuando la violencia alcanza a los más indefensos —cuando una escuela es atacada y mueren niños— ya no se trata de bandos ni de consignas. En ese punto solo queda recordar un principio elemental de humanidad.
Camp David: cuando la inteligencia abrió un camino
En medio de estas tragedias conviene recordar que la historia también ofrece ejemplos de lo contrario: momentos en que la inteligencia humana logró abrir caminos allí donde parecía que solo quedaba la guerra.
Uno de esos momentos ocurrió en 1978. El conflicto entre Israel y Egipto parecía entonces imposible de resolver. Ambos países habían combatido varias guerras y la desconfianza era profunda. Sin embargo, el presidente estadounidense Jimmy Carter decidió intentar algo que muchos consideraban improbable: reunir en Camp David al presidente egipcio Anwar Sadat y al primer ministro israelí Menachem Begin para negociar cara a cara.
Las conversaciones fueron largas y tensas. En los momentos más difíciles, Sadat y Begin incluso dejaron de hablarse directamente, y Carter pasó horas caminando de una cabaña a otra llevando propuestas de uno al otro para evitar que la negociación colapsara.
Aun así, las conversaciones estuvieron al borde del fracaso. Begin estaba decidido a marcharse y todo parecía perdido.
Entonces ocurrió algo aparentemente menor, pero profundamente humano.
Carter tomó unas fotografías que Begin había pedido para sus nietos y escribió en ellas una dedicatoria para cada uno, anotando sus nombres uno por uno. Cuando Begin leyó aquellas palabras y vio los nombres de sus nietos escritos allí, se emocionó profundamente. En ese instante, la discusión dejó de girar únicamente en torno a territorios, poder o agravios históricos. Volvió a ser sobre personas, sobre familias, sobre el futuro.
Ese gesto ayudó a que Begin reconsiderara su decisión de abandonar las conversaciones. Las negociaciones continuaron y terminarían dando lugar a los Acuerdos de Camp David,
que abrirían el camino al tratado de paz entre Israel y Egipto, el primero entre Israel y un país árabe.
La historia no demuestra que la paz sea fácil. Demuestra algo más importante: que incluso en los conflictos más duros existen momentos en que la inteligencia, la empatía y la paciencia pueden abrir una posibilidad distinta.
En tiempos en que la guerra parece haberse vuelto una herramienta habitual de la política internacional, recordar estos episodios no es un ejercicio de nostalgia. Es recordar para qué sirve realmente la inteligencia humana.
La inteligencia no es solo conocimiento ni capacidad de imponerse en una disputa. Es la facultad de reconocer al otro como humano, de imaginar el futuro antes de destruirlo, de construir puentes cuando todo empuja a levantar muros.
Elegir la paz no es ingenuidad.
Es el acto más profundo de inteligencia que posee nuestra especie.
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