Cuando llegué a Santiago hace varios lustros me encontré con el dilema de no saber que iba a comer acá porque estaba acostumbrado a comer porotos con tallarines, hartos porotos con tallarines porque necesitaba fuerzas según decía mi mamá.
Entonces me dediqué a pasear por las calles de Santiago pensando como sería la comida acá.
Como soy despierto díjeme a mi mismo: tengo que comer algo que nunca haya comido, algo que sea diferente, algo rico.
Entonces comencé a mirar las ofertas que tenían los restaurantes y me fijé en una oferta en especial, el letrero decía: Colación $ 5 (cinco pesos); esto debe ser rico, pensé y además era algo que no conocía.
Entré al restaurante y tímidamente me ubiqué en una mesa hasta que vino el garzón y preguntó: "¿que se va a servir?" y como que era un gran conocedor le dije: COLACIÓN.
El garzón regresó como en 5 minutos con un tremendo plato de porotos con tallarines que mientras me iba sirviendo pensé: aquí se le llama colación a los porotos con tallarines.
Pero como yo no quería pasar por "huaso" (así le dicen acá a la gente del sur) miré a mi izquierda onde estaba un señor y entonces pensé: “voy a pedir lo que pida ese caballero"
Cuando vino el garzón y le pregunta que deseaba el caballero dijo: REPETICIÓN-- Aaah pensé yo, ese plato debe ser bueno, así que cuando me preguntó que quería también dije: REPETICIÓN y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!
Parece que la embarré pensé; pero no me la van a ganar porque yo soy el mas vivo de la familia.
Entonces miré a la derecha donde había una señora que cuando el garzón le preguntó si deseaba algo mas ella dijo: LO MISMO, y lo mismo que pedí y el garzón me trajo ¡otro plato de porotos con tallarines!
Comencé a enojarme porque le cambiaban el nombre a los porotos con tallarines pero no me desanimé y miré hacia otra mesa donde había dos amigos que cuando el garzón les hizo la pregunta respondieron: IGUAL , así que yo pedí " igual" y el brevas me trajo otro plato de porotos con tallarines. Ahí ya no quería mas guerra pero no iba a retirarme sin triunfar.
Como último recurso miré hacia otra mesa donde dos caballeros estaban terminando de comer, vino el garzón y preguntó si deseaban algo más; si, dijo uno; tráiganos un ajedrez: Ajá, dije yo, por fin y entonces el garzón vino y me preguntó si deseaba algo mas: por supuesto le dije, tráigame un ajedrez; y entonces el garzón me quedó mirando y me preguntó: pero... y ¿solo? ...no, hombre, tráigalo con papitas y ensalá chilena.
Después de ese día aprendí que en Santiago los porotos con tallarines tenían más nombres que un delincuente.
Los pajaritos del yogurt
Esto de las comidas es un tema muy complicado cuando no se conocen las costumbres ni los nombres en un lugar donde se llega por primera vez.
Luego del chascarro de los porotos con tallarines y su infinidad de nombres que tenía en Santiago, comencé a tener más cuidado al momento de pedir algo para servirme en cualquier lugar donde estuviera.
Como llegué a Santiago en el mes de febrero y, seguramente por el cambio de ambiente, encontraba que hacía demasiada calor, mucha calor, tanto que me asfixiaba y transpiraba mucho.
Entonces, un día que iba caminando por el Paseo Ahumada, me percaté de que había instalados en algunos lugares unos dispensadores de helados, los que eran atendidos por unos jóvenes.
Conté las pocas monedas que me quedaban en mis bolsillos y me puse en una fila para pedir un barquillo y refrescarme un poco.
A medida que avanzaba la fila, escuchaba lo siguiente entre el muchacho que atendía y el cliente:
—¿Qué va a querer?
—Lúcuma —decía uno.
Otro decía:
—Aliado con crema.
Otro:
—Plátano con chocolate.
—Aliado con crema —decía otro.
Otro decía:
—Vainilla con chocolate.
Otro:
—Vainilla con crema.
Y así me di cuenta de que lo que más pedían era crema.
Entonces, cuando tocó mi turno, imposté la mejor voz y, cuando el muchacho me preguntó qué sabor quería, contesté:
—¡De crema!
El tipo me quedó mirando fijo y repitió:
—¿De crema?
—¡Siii! —contesté—. Póngale no más, que me gusta de pura crema.
El muchacho llenó un barquillo con una tremenda cantidad de crema y me lo entregó mirándome a los ojos. Fue en ese momento cuando algo despertó en mí y me di cuenta de que la había fregado.
Me alejé de allí sintiendo la mirada del muchacho en mis espaldas. Me escondí en un kiosco de diarios y probé mi “helado”, y ahí mismo lo tiré en un basurero. Luego me alejé medio escondido y avergonzado.
Pero bueno, son cosas que pasan cuando uno no sabe.
Pasaron algunas semanas hasta que encontré trabajo en Avenida Las Condes 11.931, de copero en el Drive Inn “Semáforo”, y allí tuve que aprender varias cosas, supervisado por mi compañero Juan Gustavo Parra Aguilera, originario de Chillán Viejo, que llevaba un año trabajando en el lugar.
Un día me dijo que lo acompañara para que supiera dónde había que ir a comprar el pan todos los días, a eso de las 4 de la tarde.
Caminamos por Avenida Las Condes hasta cruzar San Francisco, en donde había una especie de bodega que pretenciosamente se llamaba “Supermercado San Francisco”.
Nos instalamos en el mesón y mi compañero, de pronto, me pregunta:
—¿Quieres un yogurt?
Yo, que jamás en mi vida había consumido yogurt, le dije que sí.
Entonces me hizo otra pregunta:
—¿Qué sabor quieres?
—¿De qué hay? —le pregunté.
Él miró hacia un lugar, sin que yo supiera qué estaba mirando, y me dice:
—Hay de durazno, de frutilla, de vainilla.
Entonces, dándome de gran conocedor, le dije:
—De durazno.
Pidió dos y le pasaron unos frasquitos con una tapa de aluminio que yo nunca había visto. Quedé con mi frasquito en la mano, mirando qué hacía mi amigo para hacerlo yo también.
El resultado fue que me gustó mucho el yogurt, tanto que todos los días compraba dos y entraba a la cocina a dejar el pan tomando yogurt.
Hasta que un día la maestra de cocina, señora Violeta Armijo, me hizo el siguiente comentario:
—Me he fijado que le gusta mucho el yogurt, Francisco.
—Sí —le contesté—. Es muy rico.
—¿Por qué no se hace el yogurt usted mismo?
Ahí me quedó como poncho la cuestión. ¿Cómo iba a hacer el yogurt si recién lo había conocido?
Le pregunté:
—¿Cómo lo hago?
—Con pajaritos —contestó ella.
Cada vez la cosa se estaba poniendo más complicada.
—¿Con pajaritos? ¿Y de dónde saco pajaritos para hacer yogurt, señora Violeta?
—Mire, Francisco; mañana, cuando vaya a buscar el pan, compre una leche de litro y yo le voy a traer pajaritos.
En la noche casi no dormí pensando cómo iba a hacer para tener los pajaritos. Seguramente iba a tener que hacer una jaulita para tenerlos ahí, cosa de que no se fueran volando.
También pensaba cómo los pajaritos hacían el yogurt. Seguramente con las patitas, pensaba. Pisarán la leche como se pisan las uvas para hacer el vino; eso debe ser. Seguramente después voy a tener que lavarles las patitas y ponerlos en su jaula.
Eso pensaba yo.
Al otro día fui a buscar el pan y compré un litro de leche, que entregué a la señora Violeta en la cocina. Ella sacó un envoltorio de nylon y me lo pasó.
—¿Y esto? —le pregunté.
—Los pajaritos...
No sé la cara que puse, pero yo no entendía nada de nada.
Me quedó mirando la señora Violeta y me dijo:
—Tráigame un bol. Yo lo haré.
Le pasé el bol, donde vació la leche. Luego abrió el envoltorio que trajo y había unas “pelotitas” blancas, como cabritas de maíz, que yo miraba sin saber qué hacer; es decir, no entendía nada.
Ella vació “los pajaritos” en la leche y me dijo:
—Listo, mañana tendrá yogurt casero.
Me gustó mucho más este tipo de yogurt porque, además, le echaba saborizante a gusto.
Eso sí que no tuve que hacer una jaula para los pajaritos, porque no fue necesario.
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