La semana pasada, la discusión entre dos senadoras dejó al descubierto algo que va mucho más allá de la política: cómo seguimos mirando el origen social en Chile.
Más allá de la discusión política y de quién tenga o no razón en ella, hay algo de este episodio que debiera hacernos reflexionar como sociedad.
En Chile todavía usamos con demasiada facilidad el origen de una persona, el barrio donde creció, el colegio donde estudió o el trabajo que desempeñaron sus padres como una forma de descalificación. Y eso dice mucho más de nosotros que de la persona a la que intentamos ofender.
Venir de una población, ser hijo de trabajadores, vender en una feria, trabajar limpiando casas, conduciendo un colectivo o cuidando niños no disminuye la dignidad de nadie. Al contrario, detrás de muchas de esas historias hay esfuerzo, sacrificio, solidaridad, familia y una enorme cultura del trabajo.
Chile se construyó en buena medida gracias a esas personas.
Quizás hemos confundido durante demasiado tiempo educación con nivel socioeconómico. Pero ser educado no tiene que ver con cuánto dinero tenemos, dónde vivimos ni qué apellido llevamos. Tiene que ver con algo mucho más elemental: cómo tratamos a los demás.
Saludar, agradecer, pedir permiso, escuchar al que piensa distinto, respetar a quien desempeña un trabajo diferente al nuestro y no humillar a otro por su origen son expresiones sencillas de una cultura cívica que necesitamos recuperar.
Y ahí encuentro especialmente acertada la reflexión de estas imágenes: “cuma” no debiera describir una clase social, sino una manera de comportarse. La vulgaridad, la prepotencia, la falta de respeto o la humillación pueden existir en cualquier barrio, universidad, empresa o institución del país.
Tal vez uno de nuestros grandes desafíos culturales sea precisamente ese: construir un Chile donde podamos estar orgullosos de nuestros orígenes sin utilizarlos como armas contra los demás; donde la movilidad social no signifique renegar de dónde venimos y donde entendamos que la dignidad no se adquiere con dinero ni se pierde por vivir en una población.
Podemos pensar distinto, discutir con fuerza e incluso tener profundas diferencias. Pero cuando para ganar una discusión necesitamos rebajar al otro por su origen, probablemente ya perdimos algo mucho más importante que el debate: el respeto por la persona que tenemos al frente.
Ojalá nunca dejemos de ser “cumas” si con ello queremos decir sencillos, trabajadores, de barrio, cercanos y orgullosos de nuestras raíces. Pero ojalá dejemos de serlo si entendemos por ello tratar mal, humillar o mirar en menos a los demás.”
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