Un videoreportaje recuperado desde una cinta VHS reconstruye el esfuerzo del Hospital de Cañete por llevar atención médica a las alejadas postas rurales hace 40 años. Más que una mirada al pasado, el documento expone la distancia, el aislamiento y el compromiso humano que definían la salud rural en los sectores más apartados de la provincia de Arauco en la década de los ‘80.
El antiguo videoreportaje “Salud... Un Desafío En Nahuelbuta 1986 Cañete”, recuperado desde una cinta VHS por Luis Adolfo Carrasco —odontólogo del Hospital de Cañete durante la década de 1980 y quien produjo este valioso material— permite asomarse a una realidad sanitaria marcada por la geografía y la precariedad de las comunicaciones. El registro sigue una ronda de salud hacia Casa de Piedra, localidad ubicada al sur de Tirúa, y documenta el desplazamiento de médicos, dentistas, enfermeras y matronas por rutas que, durante buena parte del año, quedaban prácticamente intransitables.
La presentación del material lo identifica como un reportaje de 1986, lo refuerza como un documento histórico, de un registro que muestra cómo se enfrentaba la desigualdad territorial antes de la expansión de la conectividad y la infraestructura sanitaria.
En el relato, el Hospital de Cañete aparece como el eje de una red que atendía tanto a la ciudad como a una extensa población campesina y rural. Entonces el Hospital estaba compuesto por 83 camas, una dotación de siete médicos, siete enfermeras, ocho matronas y cinco dentistas, dos asistentes sociales, dos nutricionistas, un tecnólogo médico, un kinesiólogo, una educadora de párvulos, un inspector de saneamiento, 45 auxiliares de servicio, 60 auxiliares paramédicos, oficiales administrativos y conductores; el establecimiento sostenía la atención de doce postas rurales. El reportaje estima que más de 22.000 personas de las zonas rurales dependían de esa red, una cifra equivalente al 40% de la población consignada en el registro.
La secuencia central del video acompaña a un equipo integrado por un dentista, un médico, una enfermera y una matrona. Su destino es la Posta de Casa de Piedra, a más de 100 kilómetros de Cañete. El trayecto no es presentado como una postal de paisaje, sino como una prueba logística: las lluvias convertían los caminos en barriales y limitaban el acceso vehicular, en términos generales, al período entre octubre y abril. Fuera de esa ventana, el aislamiento podía alcanzar varios meses.
El reportaje encuentra allí una de sus imágenes más elocuentes. La belleza agreste de Nahuelbuta, que podría ser atractivo turístico, se vuelve también una barrera para el acceso oportuno a la atención. Cada kilómetro representa tiempo, combustible, desgaste físico y una eventual demora ante una urgencia. El paso del vehículo sanitario, por ello, no se muestra como una rutina administrativa: para muchas familias constituía una cita esperada y, en ocasiones, la posibilidad concreta de recibir auxilio.
“Una posta de salud, más allá de su instalación física, casi siempre precaria, es una esperanza en el inconsciente colectivo”, sostiene la voz del reportaje al explicar el significado de estos espacios para las comunidades aisladas.
Esa idea ordena el sentido profundo del registro. La posta es un lugar de consulta y tratamiento, pero también una señal de presencia pública: la certeza de que el Estado no ha olvidado a quienes viven lejos de los centros urbanos. El video insiste en que la salud rural se sostiene mediante una combinación de atención clínica, trabajo domiciliario, prevención y educación sanitaria. Según la propia narración, el 70% de las tareas en terreno correspondía a visitas a hogares, con prioridad para embarazadas, puérperas, recién nacidos y niños menores de seis años, especialmente cuando existían riesgos de desnutrición o enfermedades diarreicas.
El relato adquiere un rostro particular en Florencio Huenumán, auxiliar de enfermería y encargado de la posta de Casa de Piedra. El video lo presenta como un trabajador profundamente arraigado en el sector y como una figura de referencia cotidiana para las familias de la zona. Su función excedía por necesidad los límites de una descripción de cargo: era el primer punto de contacto ante problemas de salud y el vínculo permanente con el consultorio de Tirúa y el Hospital Base de Cañete.
La narración le atribuye un rol decisivo en la consolidación de la confianza comunitaria, luego de años de trabajo para dialogar con prácticas locales y superar recelos. El mismo registro sostiene que entre 1984 y 1986 no se registraron muertes infantiles en el área atendida, resultado que vincula a la vigilancia de embarazadas y recién nacidos, al trabajo sostenido de la posta y a las rondas periódicas.
También hay una dimensión social que el video capta con sensibilidad. La llegada de la ronda congrega a vecinos, niños y pacientes en una posta de condiciones limitadas. En un mismo espacio se mezclan la sala de espera, las consultas, la entrega de alimentos y las charlas educativas. El dentista, por ejemplo, atiende sin el equipamiento que se consideraría básico en un recinto urbano. Sin embargo, el énfasis no está en idealizar la precariedad, sino en destacar que, aun con recursos insuficientes, existía una decisión colectiva de llegar.
La lectura contemporánea del reportaje invita a evitar dos extremos: la nostalgia acrítica y el juicio apresurado. No corresponde convertir las dificultades de entonces en una imagen romántica del sacrificio ni usar el pasado para descalificaciones generales sobre quienes hoy trabajan en salud (o quizás para esto último SÍ, por las denuncia de médicos que han abusado y corrompido el sistema según lo ha informado la Contraloría).
El valor del documento está en otra parte: recuerda que la cobertura sanitaria depende tanto de profesionales comprometidos como de condiciones materiales, caminos transitables, transporte, equipos, redes de comunicación y políticas públicas continuas.
A varias décadas de su realización, el registro de las rondas de salud de Cañete conserva fuerza porque desplaza la discusión desde las cifras abstractas hacia la experiencia concreta de la distancia. Muestra que para una familia de Casa de Piedra la atención no comenzaba al entrar a una consulta, sino mucho antes: en el calendario que anunciaba la ronda, en el ruido del vehículo que lograba superar el barro y en la certeza de que, pese al aislamiento, alguien volvería a recorrer el camino.
El videoreportaje recuperado es, en ese sentido, una pieza de memoria territorial. Documenta una forma de hacer salud basada en la cercanía, la prevención y la persistencia frente a la adversidad geográfica. Su principal legado no es la celebración de un tiempo difícil, sino una pregunta vigente: cómo asegurar que el lugar donde una persona vive no determine la oportunidad de ser atendida.
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