El titular, para emular el libro "LOS SUEÑOS DEL PINTOR", que terminará siendo la biografía de JULIO ESCÁMEZ y un buen documento de la historia de Cañete. Hoy duele escribir sobre la muerte de un artista que nunca recibió el reconocimiento oficial de la tierra donde se crió, que nunca olvidó, que visitó mientras pudo y la tuvo presente estuviera donde estuviera. Cañete quedó en deuda.
Julio Escámez, nace en Antihuala en 1925, hijo de español y "antihualina", se trasla a Cañete, luego Concepción, vuelve a trabajar a Cañete, nuevamente en Concepción se forma en la Escuela de Bellas Artes de esa ciudad; mas tarde sigue su perigrinar a Santiago.
Amigo simultáneamente de Pablo de Rokha y Pablo Neruda (declarado enemigos) -ilustró sus libros Arte de Pájaros y Fin de Mundo-, Escámez tuvo una hoja de vida apasionante y exagerada: recorrió Italia, Alemania, India, China y Japón; se enamoró de una japonesa, volvió a Chile con una alemana hija de nazis, mantuvo un romance tormentoso con Violeta Parra y en 1973 se fue exiliado a Costa Rica, donde vivió desde ese año.
Hacía apenas un mes que escribimos de él, cuando nos llegó la noticia que fue galardonado por una Universidad de Costa Rica a la cual dejó todo su legado artístico para conocimiento de generaciones futuras y que fue recibida por el propio Presidente de la República de ese país (Lee esa nota acá).
Más sobre su obra y fallecimiento encontrarán abundante material en Internet, pero ahora vale la pena rescatar el tremendo lazo que existió con nuestra ciudad y que se ve reflejado en el libro “LOS SUEÑOS DEL PINTOR “ escrito el año 2005 por el también fallecido JOSÉ MIGUEL VARAS a quien conocimos en el lanzamiento del libro y nos autorizó entonces a publicar algunos extractos que hablan de la Historia de Cañete que lo hicimos en su momento y ahora vale la pena recordar.
Cañete en la vida del Pintor
Impresiona que las primeras 120 páginas del libro (de un total de 500 páginas que tiene) esten dedicadas exclusivamente la historias de nuestra ciudad, Cañete; está relatado con una claridad y profundidad que de seguro este libro está destinado a convertirse un importante documento sobre la historia de nuestro pueblo de mediado del siglo XX.
Destaca la objetividad con que Escámez cuenta los hechos acaecidos en Cañete durante su niñez y adolescencia, ya que perteneciendo él a la elite de la "sociedad cañetina" (era hijo de español avecindado por estos lados), no la sobrevalora, no la ensalsa ni le rinde pleitesía, al contrario, ironiza con su pretensión de querer parecerse a la sociedad europea, al respecto señala: "La pretensión se expresaba en un estilo indefinido, provinciano, remedo colonial lejano de estilos prestigiosos de las ciudades europeas".
El autor, José Miguel Varas, estructuró los capitulos del libro en historias separadas contadas de foma cronológica y amena; si bien hay algunas imprecisiones o errores de nombre de algunos lugares geográficos, estos son menores y plenamente justificables considerando que existe una transmisión oral de la historia y el protagonista hace muchos años que dejó de vivir en nuestra zona.
También para incentivar la lectura del libro, a contnuación un extracto de éste que grafica parte de la historia de Cañete:
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Su primera infancia, la de su hermano y las de sus dos hermanas, que nacieron con intervalos de dos a tres años, transcurrió entre los campos de Antíhuala y la ciudad de Cañete, a donde se trasladó la familia cuando el padre se hizo cargo del prestigioso Hotel Central, situado frente a la plaza. Fue un negocio próspero algunos años pero, a partir de la crisis del 30, se convirtió en un desastre.
La región era y es todavía un medio geográfico agreste, de clima húmedo y vegetación exuberante. Entonces estaba cubierta en gran parte por el bosque nativo chileno. Los agricultores hacían roces a fuego, es decir, grandes incendios controlados (teóricamente) para limpiar el terreno de árboles y dejarlo apto para sembrar trigo y otros cereales. Al subir hacia las montañas de la cordillera de Nabuelbuta aparecían inconcebibles extensiones de araucarias. En todas las laderas se alzaban sus ásperos troncos rectos y sus paraguas erizados de hojas en punta, duras como el acero, coronaban las cumbres. Hoy sólo quedan araucarias en los picos más altos y son cada vez menos, aunque fueron declaradas por ley “monumento nacional” y está prohibido cortarlas.
Los mapuches eran, lejos la mayoría de la población. Los criollos cumplían obligaciones serviles, eran pequeños comerciantes, artesanos, maestros de escuela, funcionarios públicos, pueblo indeterminado. Entre la gente importante, de agricultores y comerciantes, predominaban los extranjeros: españoles, vascos franceses, en menor número, alemanes. Entre ellos, algunos eran ricos o muy ricos. Según crónicas, la convivencia entre mapuches y huincas en la primera mitad del siglo XX era intensa y apacible. Las tradiciones y los mitos indígenas se hacían sentir con fuerza y se enlazaban de manera natural con los cuentos y leyendas de origen español. La gente de Cañete, como la de tantas otras regiones del país, ha vivido acosada por el miedo a las calamidades naturales (temporales, inundaciones, terremotos, pestes y plagas) y aún más a las sobrenaturales.
En los campos chilenos se conserva todavía la costumbre de juntarse por las tardes, junto al fogón o alrededor del brasero, a contar historias de miedo. Los cuentos preferidos son los que producen verdadero terror y los narradores preferidos son los que logran que los niños y las mujeres griten, que el auditorio tirite, castañee los dientes y ponga los ojos en blanco. Abundan los relatos de aparecidos, demonios, viudas que se suben al anca de los jinetes para llevárselos al infierno a todo galope, enterrados vivos, muertos sangrantes que se levantan para vengarse de ofensas y traiciones, todo un surtido de espectros y animales mitológicos como el colocolo, el basilisco o el cuero.
El pintor recuerda siempre las calles de su infancia, las casas de madera, pintadas de musgo por la humedad de los largos inviernos, otras cubiertas de láminas de zinc para defenderlas del penetro y de la lluvia, a menudo para disimular su ruina interior. Le llamaban la atención, sobre todo, las casas señoriales, de madera como las demás, pero cuyas fachadas lucían siempre remozadas y bien pintadas. De ella emanaba, como un olor o más bien una aureola visible, la pretensión. Aspiraban a mansiones. Las habitaban familias principales que constituían, por decisión propia, “La Sociedad”. Sus jefes eran dueños de haciendas, molinos, bodegas de frutos del país y comercios. La pretensión se expresaba en un estilo indefinido, provinciano, remedo colonial lejano de estilos prestigiosos de las ciudades europeas.
En un escalón más bajo estaba el medio pelo, que intentaba emular la distinción de los de arriba con remedos patéticos que no lograban ocultar su condición pobretona. Desde afuera, aquellos que tenían vedado el acceso al interior de las mansiones, lo imaginaban suntuoso. A veces el niño lograba atisbar la lencería de los cortinajes, con ángeles bordados, que se agitaban al abrirse las ventanas. En ocasiones señaladas salían por la puerta principal elegantes señores de traje completo, corbata, guantes, bastón y sombrero, acompañados de señoras emperifolladas y de traje largo, para subir a un coche empinado y fino, de los llamados volantes o cabritas, y dirigirse a alguna reunión del Club Social, que estaba a una distancia ridículamente corta. Para alargar el viaje y, de paso, lucirse ante el pueblo, se instruía al cochero para que hiciera un recorrido indirecto, de exhibición, avanzando dos o tres cuadras en línea recta, luego virando para regresar por una calle paralela hasta llegar por último al club.
En las mañanas de los domingos, después de la misa principal, comenzaba el carrusel de la ostentación. Alrededor de la plaza y al son de la banda municipal desfilaban las señoras elegantes haciendo una esgrima decorativa sutil con sus quitasoles, frágiles como colibríes, según la supuesta última moda de París. Gravemente desfilaban junto a ellas los caballeros vestidos de oscuro, con grandes bigotes o barbas, en verano con sus canotiers de paja abarquillados (en chileno hallullas). Las niñas y las muchachas adolescentes gráciles, avanzaban luciendo sus vestidos de gasas flotantes y livianas color pastel, con grandes lazos y cintas, remendando a sus madres, sin apartarse de ellas, intercambiando miradas furtivas con los jovenzuelos de su clase. Los niños, incómodos en sus trajes domingueros, peinados a la gomina.
A este círculo central del carrusel dominguero eran admitidos, con amabilidad fingida o franco desdén, algunos funcionarios del Estado y abogados, junto a sus mujeres empolvadas y engomingadas. Esos tinterillos despreciados, pero indispensables, organizaban los truques de tierras mapuches por aguardiente, alteraban los títulos de dominio ancestrales y obtenían sentencias que consagraban a firme las corridas de cerco hechas a media noche, que iban dejando acorralados en espacios cada vez menores a los dueños originarios de todas las tierras. A veces llegaban también al paseo los familiares de los más altos representantes del Estado y del orden, la señora del comandante del regimiento o del jefe de carabineros, la hija del gobernador con la hija del juez de tierras.
Después de ir a misa con su madre, él y su hermano marchaban en medio de aquel cortejo, pollos en corral ajeno, vestidos de marineros, con gorro y pito, de pantalones cortos, zapatos negros bien lustrados y calcetines blancos. En la periferia del paseo principal, la gente modesta contemplaba el carrusel. Más atrás, casi borrados entre los árboles, los mapuches, llegaban al pueblo a vender sus productos –los hombres con poncho, las mujeres con mantos negros- miraban hieráticos aquella ronda llena de color. Sus ojos duros, de antracita, no expresaban nada.
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ALGO MAS SOBRE ESTE GRAN PINTOR
Recorriendo Internet y leyendo algunas críticas del libro y comentarios de su vida, rescatamos algunas frases de lo que se ha dicho de don JULIO ESCAMEZ:
- Aparte de ello, Julio Escámez -autor del mural de la Municipalidad de Chillán- tiene unos sueños raros, inquietantes, goyescos. Fueron esos relatos oníricos los que sedujeron la imaginación de José Miguel Varas (Santiago, 1928), quien conoció y se hizo amigo del pintor a fines de los años 40. Pero sólo hace seis años, aproximadamente, comenzó a trabajar en el libro, en largas conversaciones con Escámez en Santiago, Isla Negra y San José de Costa Rica.
- Julio Escámez salió del país luego de seis meses de andar escondido de la Junta Militar chilena. El hermoso mural pintado en Chillán en la década del ’70 fue borrado con rabia por órdenes de los militares, lo rayaron con saña hasta convertirlo en borrones y manchas lúgubres que terminaron con el exilio obligado del artista. Pero esas ganas ocultas que muchos tenían y que pensaron que erradicándolas se olvidarían, no se borraron. Y nunca más se escaparon de la memoria colectiva de muchos.
- En este libro, editado por Alfaguara, Varas novela con lumínico empeño la biografía desconocida -y denodadamente novelesca, si se me permite la redundancia- de Julio Escámez, dibujante, titiritero, muralista, cartero de Neruda, arquitecto delirante, cuentacuentos sin par, trotamundos incansable y, en palabras del autor, "uno de los mayores pintores chilenos, profundamente serio ante su obra y ante la vida, un fenomenal narrador oral".
- Escámez ha regresado a Chile de visita, pero es improbable que alguna vez vuelva definitivamente. “Chile no es el mismo”, dice. “Sólo me interesa como una nostalgia que aparece en pedazos cuando visito el país, preferentemente el sur de Chile donde nací. Allí encuentro retazos de un Chile que va desapareciendo. Por ejemplo el almacenero que aun envuelve el azúcar o la yerba mate en papel y luego le da dos o tres vueltas convirtiéndolo en un paquetito”.
- Su entonces amigo Pablo Neruda escribió para él hace muchos años: “La pintura de Escámez, su carrera estética es un lujo para nuestro país. He amado con arrebato sus líneas, sus cuadernos de viaje que da un soplo extraordinariamente creador, que recuerda aspectos de los grandes renacentistas. Julio Escámez unió el esplendor imaginativo y la virtud esencial que nos hace ver las cosas con creciente belleza. Y él regresa siempre a darnos una nueva visión de la vida, de la ternura del ser humano” .