Décadas después, los pasillos del antiguo Liceo de Hombres de Lebu vuelven a cobrar vida a través de los recuerdos de un exalumno. Una historia de juventud, amistad, deporte, travesuras y una inesperada verdad sobre el aniversario de 1977.
PRÓLOGO
Cuando la memoria vuelve a caminar
Hay lugares que desaparecen físicamente, pero que nunca terminan de irse.
Permanecen en la memoria como una fotografía antigua que, de pronto, vuelve a llenarse de sonidos: una campana que anuncia el recreo, el murmullo de los estudiantes, el golpe de un balón contra el piso del gimnasio, las pisadas sobre las tablas de madera o la voz de un profesor llamando al orden.
Así recuerdo el antiguo Liceo de Hombres de Lebu.
No como un edificio vacío ni como una fotografía detenida en el tiempo, sino como un lugar lleno de vida.
Sus pasillos de madera fueron parte de nuestra infancia y juventud. Por ellos caminamos apurados hacia las salas, corrimos durante los recreos, conversamos sobre cualquier cosa y aprendimos, muchas veces sin darnos cuenta, que la escuela también era un espacio donde se construían amistades, amores, rivalidades, sueños y pequeñas historias que con los años terminarían convirtiéndose en recuerdos.
Había días de lluvia en que el patio dejaba de ser nuestro territorio.
Entonces los pasillos adquirían una vida distinta.
Dábamos vueltas y vueltas de un extremo al otro del edificio, esperando que el recreo terminara. El sonido de nuestros zapatos sobre las tablas se mezclaba con la lluvia que golpeaba los techos y ventanas.
Y también estaban las tardes y noches deportivas.
El viejo gimnasio de madera se transformaba entonces en otro mundo.
Allí aprendimos a jugar fútbol, básquetbol y, posteriormente, voleibol. Más tarde comenzaría a aparecer, todavía de manera incipiente, el hándbol.
En ese gimnasio conocimos el esfuerzo, la competencia y también el temor a equivocarnos.
Porque equivocarse frente al entrenador podía significar escuchar un reto que, con los años, todavía recordamos.
Pero también hubo travesuras.
De aquellas que solamente pueden comprender quienes fueron estudiantes.
Como aquella vez, en tercero medio, cuando descubrimos que una ventana podía transformarse en una puerta de escape.
Éramos jóvenes. Y creíamos que nadie nos descubriría.
Han pasado décadas desde entonces.
Hoy comprendo que aquellos episodios aparentemente pequeños fueron construyendo nuestra historia.
Porque la memoria escolar no está hecha solamente de grandes acontecimientos.
Está hecha también de pasillos, ventanas, balones, salas pintadas, aniversarios, profesores, compañeros, risas, miedos y pequeñas rebeldías.
Esta es una historia sobre eso. Sobre un liceo que ya no es el mismo.
Pero que todavía vive.
CAPÍTULO I: Los pasillos de la lluvia
Había algo especial en los días de lluvia en el antiguo Liceo de Hombres de Lebu.
Cuando afuera el agua golpeaba los techos y las calles se llenaban de humedad, nosotros sabíamos que el recreo sería diferente.
No había patio para correr. No estaba la cancha disponible.
El agua convertía los espacios exteriores en un territorio imposible.
Entonces aparecían los pasillos.
Los pasillos de madera se transformaban en nuestro refugio.
Dábamos vueltas y vueltas.
Íbamos de un extremo al otro del edificio, conversando, riendo, empujándonos suavemente y mirando quién pasaba.
A veces parecía que todo el liceo se había puesto a caminar.
Un grupo avanzaba en una dirección y otro venía en sentido contrario. Algunos se detenían frente a las ventanas. Otros conversaban junto a las puertas de las salas.
La lluvia golpeaba afuera. Adentro, nosotros hacíamos ruido.
Era un ruido de juventud. Yo recorrí muchas veces aquellos pasillos.
Allí cursé parte de mi enseñanza básica y después toda mi enseñanza media.
Por eso mis recuerdos están ligados a aquellas salas, al gimnasio, a los ventanales y al particular olor de la madera húmeda después de la lluvia.
Las tablas crujían bajo nuestros zapatos. Cada paso parecía dejar una pequeña marca.
Pero los años pasan y uno comienza a comprender que también las personas dejan marcas en los lugares.
Nosotros dejamos las nuestras.
Recuerdo especialmente la sala ubicada hacia el costado sur del liceo, cerca de calle Freire.
Estábamos en tercero medio.
Desde una de sus ventanas se podía contemplar una posibilidad que para nosotros era mucho más interesante que cualquier explicación de una clase.
Era una ventana. Pero también podía ser una salida.
Cuando teníamos Educación Física, dejábamos nuestros bolsos preparados.
Primero tirábamos los bolsos. Uno tras otro. Por la ventana del fondo de la sala.
Después venía nuestra pequeña aventura.
Nos escapábamos saltando por la misma ventana.
Salíamos del recinto y regresábamos con nuestros bolsos por la puerta principal.
Entrábamos caminando tranquilamente. Serios. Como si nada hubiera ocurrido.
Como si hubiéramos estado todo el tiempo donde debíamos estar. Era una travesura.
Una de tantas.
Y quizás lo más curioso es que, con el paso de los años, uno recuerda esas pequeñas desobediencias con más cariño que muchas de las cosas que entonces parecían importantes.
La ventana ya no existe, solo el recuerdo.
Los estudiantes de aquellos años tampoco somos los mismos.
Pero cuando vuelvo mentalmente a ese lugar, puedo ver nuevamente los bolsos esperando afuera.
Y puedo verme a mí mismo saltando por aquella ventana a los 17 años.
La memoria tiene esa capacidad. No necesita puertas.
CAPÍTULO II : El Gimnasio de madera
Pero el liceo no era solamente pasillos y salas.
También estaba el gimnasio.
Un gimnasio de madera que por las tardes y noches adquiría una vida especial.
Allí se jugaba solo básquetbol. Después llegó el voleibol.
Y más tarde apareció, todavía tímidamente, el hándbol.
Cada deporte fue ocupando su espacio en nuestra memoria.
El básquetbol tenía algo especial. El balón rebotaba sobre el piso de madera nativa.
Los zapatos chirriaban. Y aparecían las bandejas.
Una carrera rápida. Dos pasos. El salto.
El balón buscando el aro. También estaban los lanzamientos de tiro libre.
Allí no había compañeros conversando ni bromas.
Cuando uno se paraba frente al aro, todo parecía detenerse.
Había que concentrarse. Respirar. Lanzar. Y esperar. Pero no siempre resultaba.
Y equivocarse no era precisamente una experiencia agradable.
Nuestro entrenador tenía una manera particular de hacernos comprender los errores.
Su malestar podía ser terrible. A veces bastaba una mirada. O una palabra.
O ese silencio que precedía al reto.
Nosotros sabíamos perfectamente cuándo el entrenador estaba molesto.
Y también sabíamos que era mejor no repetir la equivocación.
Hoy, después de tantos años, puedo recordar aquellas situaciones con cierta sonrisa.
En ese tiempo no sonreíamos. Nos tomábamos el deporte muy en serio.
Entrenábamos por las tardes, muchas veces hasta que comenzaba a oscurecer.
El gimnasio de madera se llenaba de sonidos.
El balón. Los pasos. Los gritos. Las instrucciones. El eco de las voces.
Afuera comenzaba a caer la noche y nosotros seguíamos entrenando.
Éramos estudiantes, pero en aquellos momentos nos sentíamos deportistas.
Queríamos mejorar. Queríamos ganar.
Queríamos que nuestro curso o nuestro equipo fuera el mejor.
Y, sobre todo, queríamos demostrar que éramos capaces.
Quizás allí aprendimos una de las primeras lecciones sobre la competencia.
No bastaba con participar. Había que esforzarse. Había que entrenar.
Había que soportar el cansancio.
Y también había que aprender a perder. Aunque eso último costaba bastante.
Muchos años después comprendí que aquel viejo gimnasio había sido una verdadera escuela.
Nos enseñó disciplina. Compañerismo. Esfuerzo.
Pero también nos enseñó que nadie puede ganar siempre.
Y que incluso detrás de una derrota puede quedar un recuerdo que dura toda la vida.
CAPÍTULO III : El Aniversario de 1977
El año 1977 quedó especialmente grabado en mi memoria.
Estábamos en 3° medio A. Y llegó el aniversario del Liceo en abril.
Para nosotros no era simplemente una celebración.
Era una competencia. Queríamos ganarle al 4° medio A.
Y trabajamos duro.
Uno de los aspectos que otorgaba puntaje era el trabajo realizado en las salas.
Había que pintar. Había que mejorar los espacios.
Había que demostrar que nuestro curso se había comprometido.
Y nosotros nos comprometimos. Pintamos la sala, donde el cielo era altísimo.
Trabajamos pintando con grandes brochas en el gran techo de la cocina-comedor. Eran muchos metros cuadrados.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance. Recuerdo el esfuerzo de esos días.
La pintura. Los materiales. Las manos ocupadas. El cansancio.
Pero también la satisfacción de mirar lo que habíamos hecho y pensar:
—Ahora sí que vamos a ganar.
Estábamos convencidos. Sentíamos que nuestro trabajo había sido grande.
Que habíamos cumplido. Que merecíamos los puntos.
Y también estaba la reina del aniversario.
Porque aquellos aniversarios tenían una dimensión que hoy quizás cuesta imaginar.
No era solamente competir. Era representar al curso.
Era defender sus colores, sus ideas y sus esfuerzos.
Era sentir que todos éramos parte de algo. El día de los resultados llegó.
Y no ganamos. Ganó el 4° Medio A.
En ese momento aceptamos la derrota como una de esas cosas que ocurren en las competencias.
Nos quedó la sensación de que habíamos hecho todo lo posible.
Pasaron los años. Décadas. La vida siguió. Cada uno tomó su camino.
El Liceo cambió.
Los cursos desaparecieron. Los estudiantes se dispersaron.
Y el aniversario de 1977 quedó guardado en algún rincón de la memoria.
Hasta que, aproximadamente cuarenta años después, ocurrió algo inesperado.
En una entrevista realizada a un antiguo exalumno destacado del 4° Medio A, apareció una revelación.
Una confesión tardía.
Según aquel testimonio, el 4° Medio A había obtenido ventaja mediante una medición de los metros cuadrados pintados que no habría correspondido a la realidad.
Cuarenta años después descubríamos aquello que no habíamos sabido entonces.
Recuerdo la sensación.
Era extraña. Por una parte, apareció una especie de indignación tardía.
Por otra, una sonrisa.
Porque habían pasado tantos años que ya no tenía sentido enojarse como aquel adolescente que alguna vez quiso ganar.
Pero también pensé:
Entonces nosotros teníamos razón.
Quizás no habíamos ganado el aniversario. Pero habíamos hecho el trabajo.
Habíamos pintado nuestra sala. Habíamos trabajado.
Habíamos dejado nuestras manos en aquel Liceo. Y eso nadie podía quitárnoslo.
La historia tiene esas pequeñas vueltas. A veces la verdad llega tarde.
Muy tarde.
Cuando ya no puede cambiar el resultado. Pero alcanza para modificar el recuerdo.
Durante cuarenta años pensamos que habíamos perdido.
Después supimos que quizás habíamos sido los verdaderos ganadores.
Nuestra candidata no recibió la corona. No celebramos el triunfo.
No escuchamos nuestro nombre como vencedores.
Pero la memoria nos entregó, muchos años después, una pequeña revancha.
Y quizás eso fue suficiente.
EPÍLOGO
El Liceo Hombre de Lebu, por siempre.
Hoy, cuando miro una fotografía de aquellos pasillos, ya no veo un edificio vacío.
Veo estudiantes. Muchachos y muchachas caminando bajo la lluvia.
Profesores entrando a sus salas. Compañeros conversando durante los recreos.
Veo el gimnasio lleno de jóvenes corriendo detrás de un balón.
Escucho el golpe de una pelota de básquetbol. Veo una bandeja.
Un lanzamiento de tiro libre. Un entrenador molesto.
Y también veo aquella ventana. La ventana de tercero medio.
Los bolsos de Educación Física cayendo primero. Después nosotros.
Saltando…Escapando…
Volviendo más tarde por la puerta principal con nuestros bolsos y la mejor cara de inocencia que podíamos poner.
Veo también las paredes recién pintadas de nuestra sala.
Las manos de los compañeros trabajando. La ilusión del aniversario.
La decepción de no ganar. Y aquella verdad que tardó cuarenta años en llegar.
Todo está allí.
Porque los recuerdos no respetan el paso del tiempo.
Pueden permanecer dormidos durante décadas y despertar de repente cuando una fotografía, una conversación o una entrevista abre una pequeña puerta hacia el pasado.
La fotografía permanece quieta. Pero la memoria vuelve a caminar. Camina por las tablas.
Dobla por el pasillo. Entra al gimnasio. Escucha la pelota rebotar.
Se detiene frente a una sala. Mira hacia la ventana.
Y allí están todavía nuestros bolsos de Educación Física esperando afuera.
Han pasado muchos años. Ya no somos aquellos estudiantes.
Algunos compañeros seguramente ya no están. Otros viven lejos.
Cada uno siguió su propio camino. Pero hay algo que permanece.
La pertenencia a un lugar. A un tiempo. A una generación.
El viejo Liceo de Hombres de Lebu fue mucho más que un edificio.
Fue parte de nuestra vida. Allí aprendimos matemáticas, historia, lenguaje y ciencias.
Pero también aprendimos otras cosas que ningún programa de estudios podía enseñar.
Aprendimos amistad. Competencia. Esfuerzo. Disciplina. Rebeldía. Triunfos. Derrotas.
Y aprendimos que algunas injusticias pueden tardar cuarenta años en ser descubiertas.
Hoy entiendo que los edificios desaparecen. Las maderas envejecen. Las ventanas se cierran.
Las salas quedan vacías. Las generaciones pasan. Pero las historias permanecen.
Y mientras alguien recuerde aquellos pasillos, el gimnasio de madera, las tardes de entrenamiento, las lluvias, las travesuras, los aniversarios y a los estudiantes que alguna vez llenaron de voces aquel lugar, el viejo Liceo de Hombres de Lebu seguirá existiendo.
No solamente en una fotografía. No solamente en un edificio. Sino en nosotros.
Porque quizás esa sea la verdadera forma en que los lugares sobreviven:
cuando alguien vuelve a recordarlos. Y entonces ocurre algo maravilloso.
La fotografía permanece quieta. Pero la memoria vuelve a caminar.
Y por unos instantes, el viejo Liceo de Hombres de Lebu …vuelve a abrir sus puertas.
NOTA DEL AUTOR:
-Cuando estábamos en 4° medio …nuestra alianza gano en buena lid el Aniversario de 1978.
-Buscando unas fotografías de mi juventud, encontré la fotografía de mi curso 4° año A, que fue publicada en Diario “El Sur”. 1978.Donde el profesor jefe era Walter Ramírez Urquieta.
-También encontré la insignia del Liceo de Hombres de Lebu, en fondo azul con letras amarillas, con que me gradué de cuarto medio.
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