Un sencillo encargo de infancia se transforma, con el paso de los años, en un viaje por la memoria de Lebu y por las tradiciones que los inmigrantes dejaron en la vida cotidiana de la ciudad.
Hay historias que no necesitan grandes acontecimientos para convertirse en parte de la memoria colectiva. A veces basta el aroma de un pan recién horneado, una antigua panadería o el nombre con que un pueblo ha llamado durante décadas a un alimento cotidiano.
Ese es el punto de partida de “El pan francés de Lebu”, un cuento breve que rescata, desde la experiencia personal, un pequeño fragmento de la identidad de esta ciudad, Lebu:
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EL PAN FRANCÉS DE LEBU Víctor Hugo Garcés Soto Prólogo Hay recuerdos que no permanecen en la memoria por su importancia, sino por su sencillez. A veces basta el aroma de un pan recién horneado para regresar, sin proponérselo, a un tiempo en que la vida transcurría con la calma de las ciudades pequeñas y los días parecían no tener prisa. Cada pueblo conserva un sabor que lo identifica. En Lebu, ese sabor siempre estuvo ligado al pan. No solo porque era el alimento cotidiano que reunía a las familias alrededor de la mesa, sino porque en cada horno sobrevivía una parte de la historia de quienes llegaron desde tierras lejanas para hacer de este puerto su hogar. Esta es la historia de un niño que salió por primera vez a comprar el pan con su hermano y que, muchos años después, descubrió que en ese sencillo encargo también llevaba consigo la memoria de una ciudad. Capítulo I El primer encargo. Mi primera responsabilidad junto a mi hermano menor. Tenía apenas diez años cuando mi madre me entregó unas monedas envueltas en un pañuelo y me dijo: —Anda a comprar el pan antes que se acabe. Era la primera vez que hacía aquel recorrido solo. Caminé por las calles de mi Lebu natal con una mezcla de orgullo y responsabilidad. Era la década de los locos setenta y el centro era pequeño, tranquilo y familiar. Todos parecían conocerse, y uno podía caminar saludando a vecinos, comerciantes y amigos de la familia. Las panaderías eran pocas, pero suficientes para abastecer a toda la ciudad. Estaba la del español de apellido Nieda, (nunca me olvidare de que una vez mi pidió que le repartirá el pan en mi camión de madera hecho por mi abuelo Florindo) en calle Rioseco, y la tradicional panadería de la familia Colileo en calle Latorre, cuyos hornos comenzaban a trabajar cuando aún la ciudad dormía. Al abrir la puerta, el calor del horno abrazaba a cualquiera. El aroma del pan recién salido era imposible de olvidar. —¿Qué va a llevar, muchacho? —Un kilo de hallullas... y si no quedan, pan francés. Así era siempre. Primero las hallullas; si se terminaban, el pan francés ocupaba su lugar sobre la mesa familiar. Nunca imaginé que aquel nombre tendría tanta historia. Capítulo II Un mismo pan, muchos nombres Los años pasaron y llegó el momento de dejar Lebu para continuar mis estudios superiores en Santiago. La capital era otro mundo. Más gente, más ruido y costumbres diferentes. Una mañana entré a una panadería. —¿Me da pan francés, por favor? El panadero me miró con cierta sorpresa. —¿Marraquetas quiere decir? Pensé que quizás se trataba de otro pan, pero cuando vi la bolsa descubrí que era exactamente el mismo que había comprado toda mi infancia. Con el tiempo conocí compañeros de distintas regiones. Los de Talca lo llamaban pan batido. Otros insistían en decir marraqueta. Yo seguía diciendo pan francés. Aquella diferencia me hizo comprender que Chile no solo cambia de paisaje entre una ciudad y otra; también cambia su lenguaje, sus costumbres y la forma en que cada comunidad conserva su identidad. Cada nombre llevaba consigo una historia distinta. Capítulo III El secreto de los hornos de Lebu Muchos años después, movido por la curiosidad, comencé a leer sobre la historia de Lebu. Entonces apareció la respuesta. A comienzos del siglo XX, cuando Lebu era un puerto activo y próspero gracias al carbón y al comercio marítimo, llegaron inmigrantes franceses y españoles que trajeron consigo sus oficios, conocimientos y tradiciones. Entre ellos venían panaderos. Con sus recetas, técnicas y hornos dieron forma a un pan que terminó siendo parte de la vida cotidiana de los lebulenses. Mientras en otras ciudades ese mismo pan adoptó nombres diferentes, en Lebu permaneció fiel a su origen: pan francés. Comprendí entonces que mi infancia había conservado, sin saberlo, una pequeña herencia de aquellos inmigrantes. Cada vez que pronunciábamos ese nombre estábamos recordando, aunque fuera inconscientemente, a quienes ayudaron a construir la identidad gastronómica de nuestra ciudad. El pan era mucho más que alimento. Era historia. Era memoria. Era patrimonio. Epílogo Hoy, cada vez que entro a una panadería y veo una marraqueta, inevitablemente sonrío. Sé que muchos seguirán llamándola así, y otros dirán pan batido. Pero para mí seguirá siendo el pan francés de mi infancia. No porque el nombre sea más correcto que otro, sino porque en esas dos palabras viven los recuerdos de mi madre enviándome a comprar el pan, el calor de los hornos del centro de Lebu, las conversaciones con los panaderos y el descubrimiento de que las tradiciones pueden esconderse en los gestos más cotidianos. A veces creemos que la historia solo habita en los grandes acontecimientos. Sin embargo, también vive en una receta transmitida de generación en generación, en el olor del pan recién horneado y en el nombre que un pueblo decide conservar. Porque mientras alguien en Lebu siga pidiendo un pan francés, una parte de esa historia continuará viva. |
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