En la memoria de muchas mujeres aún habita el recuerdo amargo de una infancia en la que, en la escuela, les gritaban “india” o “negra” sin comprender por qué. Sin entender por qué aquello de lo que quizás ni siquiera se hablaba en casa, donde la palabra mapuche podía no pronunciarse, provocaba tanto rechazo y violencia. En muchos casos, quienes ejercían esa violencia también tenían raíces indígenas, pero habían crecido sin conocer su propia historia: niñas y niños que aprendieron a repetir el desprecio antes de reconocer su origen.
Esta violencia no fue casual. El proceso histórico de blanqueamiento racial en Chile fue una construcción social, política y cultural iniciada en la Colonia y consolidada tras la Independencia. Su objetivo fue equiparar la identidad nacional con los ideales de la modernidad europea y el progreso, situando a la población europea en la cúspide y relegando a los pueblos originarios a posiciones de inferioridad. La discriminación no solo buscó que abandonaran sus lenguas y costumbres; también alcanzó un espacio más íntimo: hizo que muchas niñas crecieran creyendo que debían parecerse a otras para ser aceptadas y valoradas.
El impacto de este proceso queda reflejado en el testimonio de la machi Marta Antileo, quien recuerda su infancia:
“Durante muchos años odié mi apellido. Odié mi rostro. Odié mi color de piel. Odié mi pelo. Porque todo eso significaba golpes, burlas, aislamiento; significaba sentir que yo era la fea, la rara, la que no pertenecía. Pasar de esa niña a la mujer que soy hoy ha sido uno de los caminos más difíciles de mi vida. Hoy visto con orgullo mi vestimenta, he ido recuperando mi mapuzungun y defiendo a mi pueblo y a nuestra cultura. Pero mis comienzos no fueron así: fueron duros, tristes, solitarios y llenos de miedo”.
Leer este tránsito nos obliga a detenernos y empatizar. Nos muestra que la vergüenza, el deseo de ocultar un apellido o de borrar la historia familiar no son fallas individuales, sino resultado de una sociedad que durante generaciones enseñó a rechazar sus propias raíces como una forma de sobrevivir y ser aceptadas.
Por eso, en este Día Internacional de la Mujer Indígena, es fundamental recordar que un nuevo ciclo no comienza necesariamente cuando nos convertimos en alguien diferente. Comienza cuando dejamos de sentir la vergüenza impuesta en la infancia y logramos abrazarnos en todas las partes de quienes siempre fuimos.
Reconocer esa vergüenza puede ser el primer paso para desaprenderla. Cuando una mujer vuelve a nombrarse con orgullo, recupera su vestimenta, su lengua o enseña a sus hijas, hijos y nietos quiénes son, no solo recupera una parte de su identidad personal: también contribuye a reparar una memoria colectiva que durante demasiado tiempo fue invisibilizada.
Desde el ámbito educativo y social, nuestro deber es acompañar estos procesos con empatía y generar espacios donde ninguna niña vuelva a sentir que debe esconderse o silenciarse para ser aceptada. Reconocer y valorar las identidades indígenas no es solo una tarea de quienes pertenecen a estos pueblos; es un compromiso de toda la sociedad.
Sanar la raíz es un acto de dignidad personal, pero también una forma de transformar nuestra memoria colectiva. Porque cuando una niña puede crecer con orgullo de su historia, no solo estamos reparando el pasado: estamos construyendo un futuro en el que ninguna persona tenga que renunciar a quién es para sentirse parte.
AUTORA:
Katherinne Brevis Arratia
Especialista Dirección de Género de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)
(recuadro inferior izquierdo de foto)
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