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EL HOMBRE Y SU LEYENDA (I)

Por: Francisco Flores Olave (*) - Tipo / Sección: Columnas / Cultura - Lecturas: 1890
11-02-2019

Muchos lectores echaban de menos la pluma de nuestro coterráneo Francisco Flores Olave, de quien siempre disfrutamos de sus grandes historias, de los hechos y gente simples, los que hacen la historia real de nuestro pueblo.

Dedicado a mi Padre Luis Ernesto Flores Arriagada

Primer Capítulo

Cuando el alba aún se desperezaba de su letargo nocturno, El Hombre se bajó de la cama y se dirigió al montón de cenizas que había dejado por la noche, escarbó en ellas y acopió las brasas para encender el fuego y hervir el agua en la vieja tetera. Se ayudó de un trozo de yesca y encendió los tizones que dieron vida a una fogata que cumpliría dos funciones, iluminar la casa y hervir la tetera; para ello la colocó en un eslabón de la vieja cadena que colgaba de una viga ennegrecida por el hollín del fogón y del tiempo.

Luego de realizar aquello, El Hombre bajó los 8 metros que distaban de la casa hasta el pozo cubierto de zarzamora que permitía que el agua siempre estuviera fresca para el consumo familiar; metió dos veces el balde de 5 litros y vertió el líquido en la batea donde su mujer lavaba ropa y se dió unas "manotadas" en el rostro para despejar la modorra que hasta ese momento nublaba su mente.

Abrió la puerta de las gallinas para que salieran y el gallo diera su primer canto al aire libre, luego dejó salir los gansos que se fueron a la piscina del pantano y entre graznido y graznido chapotearon en el agua en un ritual de vida y cortejo amoroso.

Hecho aquello, El Hombre tiró un canasto con cáscaras de papas y afrechillo en una canoa de neumático preparada el día anterior para la "chancha" y su camada de seis lechones que dormía en el "chiquero".

Al ingresar a la casa vió que su mujer ya tenía listo el mate y pan amasado para el desayuno, el que devoró en breves minutos porque debía traer el caballo desde el cerco "la culebra" para arrear el ganado hasta el sector de Tucapel Alto.

Su hijo de pocos años de edad se demoró la nada misma en tener a punto el pingo para que El Hombre vestido ya con indumentaria de jinete partiera y se perdiera en la tenue luz del amanecer cantando una ranchera como era su costumbre, para regresar ¿mañana?; tal vez la próxima semana; nadie lo sabía.

Mientras El Hombre se marchaba, su vástago arreaba la vaca que rumiaba en la loma para que su madre la ordeñara y llenara la "boticuela" plástica de 5 litros con leche fresca que debía ser llevada hasta la casa de Don Juan Martínez en calle Esmeralda; lo que sobraba era para el consumo familiar.

Luego de entregar la leche, el niño debía pasar al almacén de la Señora Nena Vidal a comprar pan y un poco de azúcar; y una vez completado este acto caminar nuevamente y cubrir los cerca de 2 kilómetros que distaban hasta la Escuela donde cursaba 5to año básico.

--El Hombre, llegó hasta los corrales de calle Riquelme esquina Mariñán; sacó los terneros y vaquillas hasta la calle y se fue por calle Mariqueo enfilando rumbo al norte en una vieja y larga calle ripiosa conocida como "entrada a Cañete", lo hizo lentamente como baqueano que era en estos menesteres.

Al llegar a la cancha de carreras a la chilena tomó rumbo hacia los terrenos de la Señora Hortensia Gallardo en el sector de Tucapel Alto.

Hombre y bestias se metieron en las frias aguas y cruzaron el cauce del río Tucapel en una rutina repetida muchas veces de ida y regreso ya fuera a caballo, ya fuera de "a pie" en el peregrinar silencioso por la vida de un hombre que no tiene mucho que esperar porque esta le ofrece muy poco y se hace rutinaria al punto de convertirse en una agonía de nunca acabar.

--El Hombre se dedicó entonces a cortar leña de hualle para completar los metros que debía llevar hasta Cañete y vender en un intento por ganar algunos pesos para solventar gastos de su humilde familia y que le permitieran comprar azúcar, yerba para el mate, fideos, un kilo de grasa y si alcanzaba...un par de litros de vino para acompañar la soledad junto a su vieja guitarra.

En esos menesteres se encontraba El Hombre cuando llegó hasta el lugar luego de caminar las horas de distancia acompañado por uno de los jóvenes Cifuentes; su hijo de 10 años para entregar la triste noticia de que su hermanito Claudio Alejandro de 2 meses de edad había fallecido en el Hospital de Cañete.

Aquello provocó en El Hombre una pena difícil de describir porque a pesar de las precarias condiciones de su existencia, él amaba sus hijos y veía en ellos su propio futuro, su elongación física y espiritual; por lo mismo una profunda depresión invadió su corazón al grado que, luego del funeral llegó hasta la cantina de Don Pepe Méndez y ahogó en vino todas las frustaciones de su miserable existencia.

---El hombre, madrugó aquella mañana, realizó el ritual del encendido del fuego y puso a hervir la tetera para tomar mate acompañado de papas cocidas porque pan no había, hasta que unos gritos en el camino lo alertaron que era hora de agarrar la pala, echarla en su hombro y partir con su yunta de bueyes y carretón de 1/2 metro cúbico a sacar ripio en el río Caillín.

Ingresó a la fila de materialeros que en ese momento iban rumbo a su lugar de trabajo en una procesión de hombres de pieles curtidas por el sol y de brazos con venas abultadas por el esfuerzo de años ganando a la vida en el oficio de arañar el lecho del río sacando ripio para cubrir las exigencias de los maestros albañiles en el Cementerio de Cañete.

Rodearon y pasaron bajo el Puente Mellizos metiéndose al lecho del río cuesta arriba en lenta procesión en un peregrinar de al menos 10 carros con bueyes y misma cantidad de ripieros.

El agua del río era cristalina y abundante, las quilas un problema para la faena; los chilcos y nalcas en su orilla daban ese frescor de vida que los hombres que nada esperan de la misma necesita para continuar adelante con entusiasmo.

Las truchas se paseaban entre las piernas de los ripieros quienes las arrojaban fuera del cauce con la pala y luego de improvisar un rudimentario fogón las preparaban para servirlas en un festín de risas, chistes y recuerdos de anécdotas pasadas.

Don Atilio Bastías, Don Armando Muñoz, la familia Concha-Rivera y tantos que se pierden en la memoria en una algarabía de niños-hombres arañaban el lecho del río extrayendo el precioso metal del ripio, cantando, riendo y haciendo bromas que harían sonrojar a quién no estuviera acostumbrado y desconociera sus vocablos.

--El Hombre llegó por la noche a su humilde rancha; traía olor a vino, pero eso no le importaba a su mujer porque lo amaba, y estaba dispuesta a ser conocida por él para recuperar el hijo fallecido hacía ya un par de meses. Luego de compartir una sopa caliente se acostaron en la humilde cama...apagaron la luz del "chonchón" a parafina...y la vida continuaba a pesar de las carencias porque el amor era abundante.

Continuará.....





(*) Francisco Flores Olave

Francisco Flores Olave Ex-radio controlador de Radio Millaray Alumno egresado de 8vo avo de 1971 Escuela No.1 profesor jefe Valentín Rocha http://francisco-flores.blogspot.com




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